Hablamos de injusticias

injusticiasLa emoción está muy presente en el deporte, de otra manera no puede haber motivación ni mejora. La imagen quedará para siempre en las retinas. A decir verdad, no recuerdo su nombre. Para traerlo aquí, se llama Shin A Lam, ha sido necesario buscarlo entre las noticias de aquel día en la versión digital de los medios. Pero la soledad de su discurso silente sí consiguió hacer historia, y eso es más que un hecho.
Y una se imagina cuántas cosas pasarían por la cabeza de la surcoreana en aquella larguísima hora de desesperación cuando unos árbitros, finalmente considerados erróneos por sus superiores (pero sin redención real ya que no pudo competir para el oro), dieron por ganadora a una oponente que había conseguido el toque definitivo fuera de tiempo. Quizá el velo de la emoción suscriba una parte importante de esa subjetividad, pero por eso somos humanos, por pensar, sentir y, por ello, expresar emociones.

La subjetividad también forma parte inherente de nuestro modo de ver la vida, no es exclusiva del deporte. Pero las miles de horas de duro y preciso entrenamiento mejoran también la percepción propia de la ejecución, nadie lo sabe mejor que una/o misma/o. Al igual que una/un tenista nada más golpear la bola sabe muy bien si ésta traspasará los límites de la pista o que un lanzamiento entrará o no en la canasta, seguro que Shin era plenamente consciente de que el toque de su oponente estaba fuera de la señal explícita que delimitaba el tiempo.

Imagino el torbellino de la cabeza de la tiradora dando vueltas a los porqués. El porqué de la injusticia de la decisión, el porqué de aceptarla, el porqué de tantas horas de entrenamiento y de sueños perdidos, el porqué de la decepción propia y ajena involuntariamente infringida, el porqué en definitiva, de ese inmenso vacío propiciado por otros. Imagino también que nada de su alrededor le importaba en su enorme soledad. Nada, ni la obstinada postura de los jueces, ni convertir su figura blanca y aparentemente destruida en protagonista única de la pista, ni acaso percibir el silencio respetuoso del público como homenaje anónimo a su combatividad y a su derecho a disentir. Nada podía ser más importante que ese círculo infernal y esas lágrimas a punto de surgir.

 

Juzgar a otros

Ser árbitro o juez también es difícil, lo reconozco. No cometer errores, no dejar pasar evidencias por alto es tan complicado cuando se juzga como cuando se lucha en la pista, doy fe porque también he sido árbitro alguna vez. Entiendo, además, que esa perspectiva requiere distanciamiento de las emociones de los competidores, lo que implica establecer la imparcialidad desde una posición superior, pero no considero aceptable crear una coraza de superioridad, y menos la plasmarla en ceguera o sordera.

Hay dos cosas que me molestan especialmente de este caso. La primera es que, a pesar de ser profesionales, a pesar del juramento al inicio de los JJOO, a pesar de la voluntad inequívoca de una gran parte de los jueces de hacer las cosas bien, ha habido equivocaciones muy evidentes que algunos se han obstinado en mantener, y por tanto en no subsanar (recuérdese el gol no fantasma del waterpolo también). Y me pregunto qué hacen esas personas en el deporte, qué hacen sus correspondientes estamentos deportivos que les siguen admitiendo como miembros.

La segunda es la absoluta frivolidad con la que los periodistas (al menos en las noticias que he leído) relataron en sus crónicas que finalmente la surcoreana tuvo que volver a tirar ese mismo día y perdió también la medalla de bronce. En el lenguaje distante de sus textos se traducía, inequívoca, una acusación palpable de que merecía perder también en la semifinal. ¿Es que se puede competir con ciertas garantías con semejante peso emocional encima? Quienes así escribieron deberían dejar la profesión. En serio, no entienden de esto.

Pero hay más. La imagen de Shin A Lam sentada, pensativa y doliente me recuerda a otras muchas imágenes del presente. Me trae a la mente al/a la recién despedido/a; al obviado por un puesto; al emprendedor fracasado; al luchador franco que, sin reserva ya, transita por su minuto infinito de dolor. No hay duda de que la fuerza de la emoción es proporcional al esfuerzo, la ilusión y la búsqueda de la perfección que apuntala cada escala de confianza puesta.

Si en el deporte nada justifica la parcialidad, la frivolidad y la trampa, en la vida tampoco. Y mucho menos se justifica que el llanto de unos sirva para engordar las cuentas corrientes y los bien abastecidos estómagos de otros.

Ángeles Jiménez

Publicado por primera vez 24/08/12

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