Los dos Marruecos (2)

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Dejen paso, llegan los 4 x 4

Nunca he tenido dudas de lo atractivo que es conocer Marruecos, pero las carreteras, aunque en el límite justo de lo práctico, son para otros con menos ambición. Conocer el país transitándolo por pistas en inmensas planicies desérticas y caminos de montaña gracias, y solo gracias, a los 4 x 4 no admite comparación. Los paisajes impresionan, la emoción nos sumerge en ellos y se agiganta en cada lugar.

La ruta a través de los cañones naturales de Toundout hasta desembocar en las gargantas del Dades tiene pocos testigos. Los contados pueblos son diminutos y las escasas construcciones de adobe y de una sola planta están característicamente aisladas. A nuestros ojos de occidentales urbanitas les resulta asombroso comprobar que algunos nómadas bebereres de la montaña habitan en cuevas en esta época del año y que la supervivencia exige, a las mujeres principalmente, acarrear la leña y buscar el agua en pozos o directamente en el río. Nuestros seis potentes todo terreno abriéndose paso entre el pedregal constituyen un espectáculo inesperado que rompe sin querer herir las expectativas diarias de sus habitantes. También, sin duda y no puedo resistirme a la anécdota, las del paciente burro (uno entre los cientos de humildes y discretos porteadores encontrados) que, cual singularísimo vigía, contempla encaramado en un peñasco de más de 50 metros nuestro pasar ilusionado a lo largo del cauce del río.

Si pudiera ser objetiva en la calificación, como mínimo llamaría espectacular a la pista de montaña que atraviesa el Bou Gafer, a más de 2.000 metros, y que permite divisar en el horizonte el desierto de Zagora. Las gargantas de profundísima caída resultan un atractivo imposible para los conductores. Una mínima distracción resultaría un error garrafal cuando el espacio da apenas para el ancho de un coche y 10 Km/hora equivalen a una velocidad supersónica en estos caminos cincelados a trompicones en la piedra de la montaña (nada mejor que llamar caminos a aquellos lugares en los que, en pura lógica, solo se podría caminar y con harta dificultad). Créanme si les digo que la sensación de aventura y la cantidad de adrenalina segregada se multiplican por tantos n como vehículos encontramos circulando en sentido contrario en esta temeraria ruta, y, por fortuna, solo fueron cuatro.

El silencio que abraza

El reflejo rosado en el cielo, claramente visible en el atardecer, indica inequívocamente la proximidad de las dunas del desierto de Merzouga. Ya en la noche, las rápidas pistas de la hamada Tafilalet rompen de nuevo el sosiego de los 4x4 mientras los conductores buscan la mejor ruta en una demostración más de su admirable capacidad de orientación. Los imprescindibles walkies y los fluctuantes atisbos de las luces de los vehículos nos mantienen comunicados en un lenguaje multisensorial de idiomas y colores.

Muchas cosas son visibles en este desierto ondulado. Lo son el caminar sorprendente del escarabajo, la variación rapidísima y casi tangible de la temperatura, la reverberación inconfundible de la luz, la solidez engañosa de la arena, la dificultad hiriente de escalar o descender de una duna y, quizá lo que más, la belleza de las estrellas. Si, además, los Reyes Magos llegan en dromedarios, las canciones se cantan en bereber, la experiencia pernoctando en la haima permite conocer en propia carne la crueldad de la temperatura nocturna y el desayuno queda bendecido por el deseado calor de la mañana, abrazamos el desierto con la misma fe que los jinetes se apostan en la grupa de sus dromedarios para dejarse conducir fuertemente cimbreados a la espectacular Erg Chebbi.

El diccionario de la lengua española, a pesar de su riqueza y versatilidad, se me queda corto para describir la puesta de sol en el desierto. Apostados en una duna de tamaño colosal, recogemos expectantes los restos del entusiasta brindis diario y contemplamos el horizonte ahondando segundo a segundo en el silencio, el interior que surge inevitable y el exterior que nos abraza omnipresente.

(sigue)

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