Marruecos, indescriptible (1)

Apenas 6 días y el mundo se transfiguró en algo diferente, pleno y nada fugaz, porque los días permanecerán en la memoria individual y en la colectiva de un grupo singular pero muy cohesionado. Y no serán nuestras las huellas de los primeros pobladores en el desierto marroquí, pero sí quedará en cada uno de nosotros la impronta de un viaje fantástico donde la clave, creo que de común acuerdo y por razones que solo nosotros sabemos, será la palabra “indescriptible”.

Priorizar los lugares y las situaciones tiene poco sentido. Cada uno, cada minuto, resultó singular, anecdótico y expectante de nuevas vivencias. Y siendo así, ¿por dónde empezar? Quizá lo mejor es seguir la ruta de los minutos para tratar de plasmar la esencia de un pasar lleno de significados.

Fez o Fes fue nuestro primer destino. En esa primera noche marroquí pocas cosas pudimos entrever más que la desventaja del paso fronterizo a la antigua usanza, con revisión de documentos y escasa empatía, y la intuición de que una ciudad preciosa se abriría a nuestros pies al día siguiente. Fes ya era África; ya era luz escasa, el circular de las personas como sombras y las ciudades de crecimiento abigarrado. Pero Fes, de día y bajo una preciosa luz madrugadora, ya invitaba a mucho más: conocer, patear, observar, oler, sopesar, preguntar, probar y respetar siempre una forma de vida que se antojaba lejana a nuestras costumbres pero rica en tradiciones, cultura y sentido comercial.

La espectacularidad del palacio real de Fes enmudecía al lado de la riqueza de la Medina. A sus 34.000 calles le faltaban pocas cosas y no le sobraba nada; encrucijada de esencias, el caminar se antojaba un laberinto de sabia complejidad donde apenas éramos europeos despistados en busca de un autor a la altura creativa del entorno. Una mezcla corpórea de actividades nos asombraba por doquier: la configuración artesanal de sus barrios, la completa y terrible actividad de los curtidores, la sutileza de los vendedores de alfombras, la centenaria sabiduría en la obtención de aceites esenciales o el exquisito recogimiento del rezo en las mezquitas. Hasta la férrea voluntad de los burros, portadores imprescindibles y no únicos en tan estrechas calles, convertian nuestros pasos, confundidos ya en el laberinto, en asombro encadenado.

En el camino hacia la ciudad bereber de Midelt, en el medio Atlas, nos esperaban Ifrane, un enclave que cualquiera confundiría con alguna ciudad suiza de montaña (por algo le llaman “la pequeña suiza”) y un cedro gigantesco, el único visible (por no decir que tangible), y tras el cual supusimos que se ocultaban, amparados por la oscuridad de una noche totalmente negra y muy fría, los monos salvajes prometidos. Como llegamos tarde, ni los vimos ni nos vieron, otra vez será.

Desde allí, la nieve nos acompañó muchos Km., como para ratificar a los incrédulos que efectivamente en aquella zona se encontraba una estación de esquí y que sus ilustres invitados estaban a la altura de las medidas de protección en las carreteras.

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Angeles Jiménez

Publicado por primera vez 20/1/2011

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