Cicatrices

Sirve siempre mirar al frente. Son muy pocos los segundos en los que una se puede distraer y permitirse el lujo de dejar de mirar a un constante más allá. Perder de vista el camino por venir no es inteligente, es, como mínimo, arriesgado y, en ocasiones, hasta suicida. La vida camina a nuestro lado, nos sobrepasa o requiebra pero nunca justifica su devenir. A veces se presenta ilusoria y a veces amenazadora y, en la realidad, al final, siempre hay una sutura finísima que cierra con firmeza nuestro cotidiano pasar. La vida es metáfora ampliada de cada uno de nuestros hitos cotidianos, de nuestro ir y venir en busca de una esencia que no es más que la que nosotros procuramos, alimentando el alambique con pertinentes y delicadas hierbas para mantener un fondo en permanente renovación.

Escribir de cicatrices es dejar pasar la pluma del recuerdo sobre el crisol de fuerzas encontradas que nos construye día a día, es dejarse un poquito de la luz en el sentimiento y poner una chispa de cordura en la emoción. Cada una, cada rastro prodigiosamente nítido o misteriosamente oculto, nos revela el mensaje final de un episodio que dejó huella en quien somos, en lo que nos mueve, en lo que nos hace subir peldaños o esperar a que se haga de nuevo la luz para reanudar el camino.

Revelo el matiz de esta metáfora como quien describe algo tamizado ya por un velo sutil que no requiere del tiempo como interlocutor y sí del giro en la línea buscada que guía el horizonte. Y no es más que una anécdota en el vivísimo mar de momentos que esculpen las arrugas, ya sea por el lado de la piel o por el resbalón del alma. En el fondo da igual, se ciernen y se reparan con los mismos ejes de empeño y precisión, con la misma paciencia de asentimiento y delicadeza.

En aquellos días, lo recuerdo bien, lo presentía. Sabía que más tarde o más temprano me tocaría pagar el tributo de las horas de pista en forma de raquetazo y me rondaba la preocupación de las consecuencias. Era una cuestión de estadística y ya tocaba. Tantas horas, un susto; tantas más, un impacto. Cuando noté el golpe en la cabeza y vi la sangre en el suelo de la pista, sé que tuve un único pensamiento y fue el de comprobar la visión. Por suerte, el raquetazo no había afectado ningún punto vital. Recuerdo las tres horas de espera en el hospital y la pregunta de la cirujano en su labor: “¿Estás ahí?”, “Sí, ¿por qué?”, “Como no dices nada y no te quejas”, “Es que no me duele nada”. Me dejaba llevar, ahí nada estaba en mi mano salvo dejarla trabajar. Se hacía obligatorio recuperar con habilidad y conocimientos los pliegues asustadizos de la brecha abierta en la frente. Se precisaron 6 puntos  y la estética del hoy me importaba menos que la firmeza y asepsia del cierre en el mañana.

Por suerte, esa herida, por muy intuida que fuese, no existe en mi presente. Cumplí lo prescrito: cuidar, lavar, no exponer, no aceptar nuevos golpes, pasar página y volver a la pista. Escribo en el presente y recapitulo sabiendo que la proyección de todas las heridas, las del alma también, dependen de la profundidad, del ángulo, de la longitud, del tiempo que permanezcan abiertas, de cómo se cierren, de cómo te ayuden a cerrarlas, de cómo las tratas, de cómo te tratan, de quién repara en ellas, de qué reparas con ellas, de si las llevas o te llevan, de si, en definitiva, escriben por ti o, al contrario, redactas por ellas.

 

Angeles Jiménez
Publicado por primera vez 28/2/2010

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