Misión cumplida

Fin del camino, misión cumplida. Y fue largo y fructifero, y fue singular y amable, y fue humilde y amigo. Se acaba la ruta de mis viejas compañeras, mis queridas zapatillas de correr. Sé que existirá siempre una ligazón incorpórea, una emoción silente al recordar sus fintas continuas y sus sombras ya perdidas. Sé que siempre diré su nombre con respeto y admiración, que escribiré sus pocas letras con ternura, con calma y hasta con una precisión en mi desconocida.

Me ciñe un poquito el alma la emoción de mirar y ver sus bordes mordidos, desarmados a veces por la urgencia y la prisa de volver, retornar al sitio, rehacer la ruta y reandar una y mil veces los mismos kilómetros de senda, las mismas piedras aterciopeladas que, al paso de los días y los meses, ya sabían cómo soportar la lucha y el esfuerzo y acertaban a esperar sin prisa la recogida, la única demostración palpable de una siembra que me reafirmaba cada día más.

Las miro por enésima vez, las calzo por última. Cada plano me es familiar, cada trocito de goma que falta me trae recuerdos que encajo uno a uno y aun así no consigo rehacer el puzle; unos simplemente se han evaporado y algún otro, con más paciencia que ira, ha servido para teñir de negro la tarima endomingada de las pistas de squash. Pero todos, tantos pequeños restos, sin faltar uno, son inequívocamente propios porque en ellos dejé mi huella y más de un rastro de una voluntad obcecada siempre en vencer a la inercia, a la costumbre y al miedo, precisamente, a ser obligada un día a dejar el camino que bordeábamos juntas.

Reproduzco en ellas historias que ya conocen mis muchas otras zapatillas; reconozco punteras devastadas, laterales horadados, colores evaporados, marcas desleídas, negros desmemoriados y cordones deshilachados. Y, sin embargo, en cada una de las decenas de estas amigas de tantos años se entreleen los versos sueltos, pausados y sombreados de un poema austero, mi poema más dulce, el único que ha olvidado las palabras, las admiraciones y, a veces, hasta la simple cordura.

Cuesta mucho decir adiós, y cuesta aún más cuanto más singular fue el primer encuentro, cuanto más largo ha sido el camino, cuanto más imprevistas las horas compartidas, cuanto más lejano se antojaba el final, cuanto más acunado en el recóndito lugar de lo personal, de lo intransferible, se guardaba su inquebrantable fidelidad.

Miro y no quisiera verlas en el recuerdo, ni saber de sus arrugas y las mías. Invito a la memoria a recorrer los años juntas y apenas puede escoger lugares y sensaciones, son tantos y tan lejanos que no queda resquicio sin hollar donde no estén en plenitud. Nada queda de su primer día, ni del mío con ellas. Nada y, aun así, hoy todo en mí destila esencia.

Angeles Jiménez

Publicado por primera vez 12/7/2011

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