Sueño de amanecer

Los petirrojos acogieron los resultados con una gran expectación. La ilusión levantada por el avance temporal de los porcentajes no contentaba a todos pero sí a la inmensa mayoría de los grupos. La gravedad de los problemas afectaba a tantos que muchos confiaban en que, precisamente, la mezcla de alegrías y tristezas haría buenas las cifras. La escasez de cielos limpios, la sombría menudencia de los tallos en cada primavera, las dificultades inherentes a la pertinaz sequía, las confusas llamadas de atención opositora de los líderes y una multiplicidad de quejas más, fundadas y reales, constituían la delicada complejidad de necesidades comunes que empujaban los deseos y las esperanzas colectivas.

Tradicionalmente, dos grandes grupos se habían adueñado del colectivo. Los petirrojos azules, preocupados fundamentalmente por su riqueza y bienestar, solían reservarse para ellos y sus amigos los lugares más selectos, los clarooscuros más acogedores y las tierras con mayor abundancia de insectos y bayas. Rechazada su pretensión de ser confundidos con ruiseñores, la tupida red de relaciones que los caracterizaba, terminaba por sustanciar con precisión cirujana la ascensión en la escala social, fuera cual fuera la bondad de las cosechas anuales.

Opuestos a ellos, los petirrojos rojos apostaban siempre por describir con larguísimas y musicales diatribas su inquebrantable voluntad de trabajar para todos mientras dejaban que su desafiante bravura se dejara diluir en las múltiples tentaciones de gloria y las complejas digestiones de lombrices sabrosonas. Además, el ejercicio de asomarse de vez en cuando a los feudos de los petirrojos azules resultaba un ejercicio demoledor de borrado de principios. El calor primaveral y la trazabilidad inconsciente de los humanos empujaban también a los más activos a acogerse a una protección soñadora y displicente que dejaba aflorar sin tapujos la molicie que terminaba por destilar tanta abundancia.

Pero hete aquí que se fue fraguando en los cruces de caminos trastocó para siempre la inmemorial costumbre del colectivo petirrojo de dejarse arrastrar en la elección de guías por los preciosistas y periódicos cantos electorales de los líderes petirrojos azules y rojos. Y completamente decididos a ser protagonistas de una auténtica revolución petirroja, algunos aventureros eligieron ponerse a volar hacia otros horizontes y averiguar si en otros sembrados, por el momento a salvo de petirrojos hermanos, encontrarían el alimento que faltaba y el quehacer que los uniera para ser más eficientes como grupo y vivir en libertad su recién estrenada alegría. La iniciativa resultó plenamente exitosa y en los meses siguientes fue fácil comprobar que vistosísimas bandadas de petirrojos naranjas, morados, amarillos, blancos, rosas y verdes amalgamaban el cielo configurando figuras de exquisitos contrastes.

Y la alegría continuó. Los resultados de esas últimas votaciones, que debían decidir el equilibrio entre los grupos y los puestos de liderazgo en el entorno petirrojo, ilusionaron por igual a todo el arco iris de petirrojos con la excepción de los azules, que ignorando la senectud que indicaba su plumaje gris y lo anticuado de su trino, se propusieron soportar sin excesivas quejas la discreción de sus números, pero sólo a cambio de seguir manteniendo la capacidad de influencia en la dirección comunal y los reservorios privados de alimentos permanentemente llenos.

 

Fuera pedigrís
Se iniciaba una nueva fase en las historia de los petirrojos. Y todos lo sabían. De ahí lo encendido de las discusiones que dentro y fuera de los grupos enfrentaba a los líderes y sus lugartenientes tratando de establecer los parámetros salvables e insalvables que el momento aconsejaba sostener, a fin de sacar el mejor partido posible a las posiciones de poder alcanzadas con los votos.

Así iban pasando los días y las discusiones se prolongaban sin que un mínimo atisbo de acuerdo se vislumbrara en la férrea disposición ofensiva de los petirrojos líderes. El aparentemente imposible reparto de poder entre los discutidores empezaba a impacientar a las masas de petirrojos, incapaces de sostener por más tiempo la atención en la algarabía incoherente de piados y trinos de los cabecillas mientras el hambre acuciaba como auténtica tortura los estómagos vacíos y el frío perforaba los livianos plumajes estivales.

Fue así que un petirrojo rojo encontró a lo lejos entre la masa de petirrojos morados la mirada perdida y profundamente aburrida de uno de sus primos y le propuso discretamente encontrarse en el siguiente receso a unos cientos de metros de allí, justo en el cruce del segundo barbecho norte con el tercero de poniente. Dispuesto a alejarse de esta abulia organizada, el petirrojo morado se las ingenió también para reclamar la atención de una docena de amigos más, pertenecientes en su gran mayoría a los no menos acalorados grupos de petirrojos naranjas, rosas, verdes, amarillos y blancos. No le resultó muy costoso hacerles comprender la sugerencia de escapada y todos se encaminaron al punto de reunión, gustosos de reencontrarse de nuevo con un silencio amistoso y las ausencias de pedigrís.

– Tengo hambre –se atrevió a decir el más joven del grupo apenas se encontraron en el cruce pactado.
– Y yo frío –refirió también el que parecía ser el más mayor.
– Me pregunta mi vecino Picoflauta, que nos ha visto, que si puede venir también –expresó por lo bajinis un discreto petirrojo rojo.
– ¿Y tú qué opinas? –el más cercano a su posición, un petirrojo amarillo muy llamativo quiso devolverle sin más la pregunta, sabedor de que nadie más le contestaría.
– Yo llamaría a todos mis amigos y les diría que dijeran a los suyos que el que quiera emigrar en busca del trigo y avena de los sembrados del sur que se venga sin más. Estoy harto de esos cretinos emplumados que nos quieren hacer creer que los necesitamos de guía. Me voy por libre, chicos –exclamó el aludido irguiéndose por fin en sus patas.
– Y yo –confirmó el más alto.
– Y yo –repitieron a coro todos los demás.

En unos segundos el cielo se pobló de petirrojos multicolores que convirtieron el azul del firmamento en un zigzagueante volumen de formas tan vivas, tan flexibles, tan exuberantes, que el atardecer se tornó de verdad y para siempre en sueño de amanecer.

Ángeles Jiménez

Publicado 10/01/2016

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