Cien islas desiertas

Dicen que la Historia se repite. Pero no está tan claro que aprendamos de ella o que hagamos extensivas esas enseñanzas a otras áreas del comportamiento humano.

La conquista de Baku (capital actual de Azerbaiyán) durante la II Guerra Mundial fue un reto para los bandos en conflicto por su altísimo valor logístico. Esta ciudad, que consiguió salir intacta de aquella catástrofe por su alejamiento geográfico de los principales núcleos y frentes de combate, resultaba ser esencial en el suministro de petróleo de los soviéticos, y pasó a ser objetivo preferente de los alemanes como recurso imprescindible para apoyar su propia maquinaria de guerra.

Ante el más que amenazante avance inicial de las tropas alemanas por el territorio soviético, el líder de este país encomendó a un responsable la salvaguarda de los imprescindibles recursos  petrolíferos de la zona con una advertencia muy clara: si caen en manos alemanas, te fusilo; si dejas de abastecer nuestras necesidades, te fusilo también.

La solución a la tremenda encrucijada no fue fácil para este militar soviético de mediana edad que se lo jugaba todo en el intento desesperado de cumplir con su país, pero sobre todo de salvar la vida. Y la amenaza, sin la más mínima duda para cualquiera que conociese cómo se las gastaba su jefe, se cumpliría si fallaba. Pero no falló. Actuando con precaución, resolución, osadía o mucha inventiva, según le indicara el análisis de la situación en cada momento, la producción soviética de petróleo, que había sido en partes parecidas traslada, suspendida, protegida y mantenida, alcanzó durante el resto de la guerra los niveles necesarios para el suministro logístico del país. Los alemanes nunca llegaron a conquistar aquella ciudad, pero sí tuvieron que detener temporalmente ese y otros avances estratégicos precisamente por falta de combustible.

 

Entender las prioridades

Los pormenores del reportaje de canal Historia revelaban un aspecto vital pero poco conocido de la guerra y la encrucijada histórica que convirtió a una persona concreta en una llave importante para el equilibrio de la guerra. El asumió la responsabilidad y se enfrentó a ella. Y no puedo por menos que mirar alrededor y preguntarme, ¿cuántas veces la responsabilidad es mantenida tan tenazmente? O, dicho de otro modo, ¿sería más eficaz para el resultado la imposición de condiciones contundentes cuando se trata de asumir responsabilidades con el conjunto de los ciudadanos?

El ser humano se mueve por prioridades, Maslow lo describió así hace años y lo representó en forma de una pirámide donde las necesidades se colocan de esas prioridades. Muchos psicólogos más han tratado de seguir perfilando esta teoría, pero la inicial es irrebatible. Las necesidades de seguridad anteceden inmediatamente a las puramente fisiológicas, mientras que las de reconocimiento y autoestima están en un nivel alto de la pirámide. Por lo que se ve alrededor, parece claro que estas últimas necesidades han pasado a ser las únicas prioritarias para algunos personajes deseosos de encaramarse a los poderes públicos del tipo que sean y a costa de quien sea. Curiosamente, es precisamente el camino para conseguir ese objetivo de trepado el único lugar en el que se dejan el alma, literal y metafóricamente hablando.

Sea pues. Si por mí fuera, la responsabilidad en los asuntos públicos debería ir ligada a un castigo pactado, en caso de que no se cumpliera lo comprometido (y si se cumpliera, no se preocupen, para eso está el sueldo). Y este pensamiento, que a mi modo de ver está cargado de buenas intenciones, hace surgir en mi mente la imagen de un océano inmenso, que escenifica un horizonte inacabable. Un océano plagado de islas diminutas donde la supervivencia también sería un auténtico ejercicio de riesgo. Así que aviso: si por mí fuera, lo tomaría al pié de la letra y en poco tiempo algunos o muchos de estos islotes empezarían por fin a estar habitadas, gracias a la lista interminable de impresentables que nos rodean.

 

Ángeles Jiménez

Publicado 26/3/2016

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