Segunda etapa de viajes con caballos

En mi vida profesional viajé mucho por España y otros países con caballos de concurso hípico, de polo y de carreras. El viaje más importante para mí, por el tiempo que nos ocupó, fue con las “jacas” de polo a El Cairo (Egipto) en el año 1955.

No recuerdo la fecha exacta de la salida, pero fue a mediados de febrero. Embarcamos los caballos en el tren en la Estación de Atocha de Madrid. Dos días de viaje hasta Barcelona. El mismo día de llegada, por la tarde, embarcamos en el barco (Benicasin), arriba en la cubierta, pegados al puente, en la banda de la izquierda y delante de la escotilla. Estaba todo previsto y preparado. Habían hecho unos casilleros con tablas: una especie de jaulas, nueve en total, una para cada caballo, individuales y con sus correspondientes comederos. La cubierta quedaba muy alta; se subieron los caballos uno a uno con una grúa, dentro de un cajón o jaula como las de los toros.

Los caballos se dejaban manejar muy bien, todos habían viajado mucho. La mayoría habían venido desde Argentina, naturalmente, en barco. Los tres hombres que formábamos el equipo del viaje, dos españoles y un argentino, teníamos ya larga experiencia en viajes y en todo lo relacionado con caballos. No hubo ningún inconveniente en el embarque. Los caballos, ya instalados, estaban tranquilos y cómodos.

Así que, entre dos luces de la misma tarde, arrancó el barco con rumbo a Alejandría. Seis días con seis noches, sin hacer escala en ningún puerto. La verdad que seis días se hacen monótonos viendo solo agua de día y de noche. Las gaviotas nos acompañaron dos días. A partir de ahí, desaparecieron. Aparecieron luego, cuando faltaban dos días para llegar a puerto, al pasar a la altura de las islas de Malta, que vimos de lejos; al dejarlas atrás desaparecieron otra vez.

El mar estuvo tranquilo todos los días, no se movió ningún caballo. Aparte de sus atenciones normales de agua, pienso y algo de limpieza, por las mañanas les dábamos una fuerte ducha con agua del mar en las extremidades, para la circulación de la sangre y que no se recargasen. Les iba muy bien, se quedaban como nuevos.

El personal del barco se portó muy bien con nosotros. Eran, casi todos, de Bilbao. El ambiente, el mar y el tiempo, inmejorables. Hizo sol todos los días. Los tres que acompañábamos a los caballos pasábamos la mayor parte del día jugando a las cartas.

Entramos en el puerto de Alejandría haciéndose de noche. Se hizo cargo del barco la policía de allí, manteniéndolo en medio de la bahía, no dejando a nadie bajar a tierra hasta el día siguiente, que metieron el barco al muelle, habiendo revisado nuestros documentos.

 

Primera vista de Alejandría desde el barco

La impresión fue fantástica, aquello parecía otro mundo: las vestimentas y sus coloridos, las voces y el bullicio. Todo el mundo ofreciendo vender algo. Los caballos árabes (pequeños y finos) lo mismo tiraban de carruajes grandes para transporte de mercancías que de otros pequeños haciendo de taxis.

De forma singular, me llamaron la atención unos individuos con una bolsa grande a la espalda y por delante una o varias espitas. Servían toda clase de bebidas que el público les pidiera. Aquello parecía más un sueño que una realidad. Parecía que habíamos llegado a otro planeta.

Nuestra llegada allí estaba prevista. Antes de empezar a desembarcar llegó un grupo de hombres vestidos con ropa de uniforme, que, al parecer, eran guardias. Por su comportamiento, su misión era ayudarnos. Era tanto el interés que ponían que, al no poder entendernos hablando, en algunos casos, nos hicieron trabajar más. Para que no abrieran las puertas de las jaulas antes de haber desamarrado cada caballo ya en tierra, tenía que apalancar mi cuerpo contra la fuerza que ellos hacían intentando abrir. Fue un forcejeo donde nos empleamos a fondo.

Salimos de Alejandría por la tarde, toda la noche de viaje en tren, llegamos a El Cairo a las 10 de la mañana y a las cuadras al medio día. El recorrido en el tren resultó todo un espectáculo. Para más suerte, hacía una espléndida luna, que duró toda la noche. La vía discurría, como término medio, paralela con el río Nilo. Pero el tren iba en alto y se veía el inmenso cauce abajo, mostrando hasta dónde llega cuando va crecido y lo que arrastra. Sin embargo, con todo lo grande que es el río, por la enormidad de su cauce, desde arriba parecía menos espectacular.

Las cuadras de los caballos estaban en el Sporting Club. Nosotros estuvimos hospedados en el Hotel Regien House. Todo en el barrio de Zamalek, dentro de la isla de Gezira. Del Nilo, al llegar a El Cairo, se separa un brazo de río que después se vuelve a unir formando la isla. El Club era muy grande, en él practicaban mucha variedad de deportes. Había hipódromo de carreras y campos de polo. Nuestra llegada a El Cairo fue una especie de manifestación de personas que vinieron a vernos y a darnos la bienvenida.

En la embajada se volcaron con nosotros: muchos españoles que, por diferentes motivos, estaban allí, y más si pertenecían o eran aficionados al mundo de los caballos. Había gente de distintos países, de forma particular, autoridades y militares de El Cairo, y los componentes de los otros equipos de polo que iban a disputar el torneo allí.

(Antolín Jiménez) (sigue)

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