Un 65% para la Historia

Entre las anécdotas más imborrables de mi vida está una que, de tan absurda y remota, pocos amigos conocen, y de tan significativa y cavernícola pertenece al ámbito más rancio de las sinrazones de nuestro devenir de mujeres: me suspendieron la gimnasia en el colegio. Sí, como lo oyen, y aunque les parezca motivo de carcajada a quienes mejor me conocen, tuve que ver con dolida indignación el “cate” en esa asignatura del bachiller.

Quizá sea un mérito escaso añadir al agravio que casi por las mismas fechas de aquellas notas finales, y después de haberlo hecho los dos años anteriores en infantil, gané el campeonato de cadetes de Madrid de tenis. Como quizá lo sea también incluir que pertenecía al equipo de atletismo del colegio compitiendo, sin mucha gloria eso sí, en longitud y vallas. Y me dirán con dosis más que cumplidas de razón: “¿Y, entonces…?”.

El “entonces” fue que el peso de una ley personalísima se cebó en mi negativa a jugar al tenis de mesa con el colegio. Y lo hice porque a mi cuasi sensato modo de ver, esa mesa rectangular siempre fue un espacio demasiado pequeño para el drive, desde luego insignificante para el saque y decididamente intransigente con las voleas. La autocrática profesora de gimnasia, indefectiblemente vestida con camisa blanca y falda y chaqueta de punto azul (algunas de mi edad entenderán bien este discreto y relevante detalle de la indumentaria a lo sección femenina – no empiezo con mayúsculas para que los buscadores no se lo aprendan, la Historia tiende a repetirse) no soportó la rebelión de una mocosa de 14 años que se atrevía a pensar.

 

Ya no, ya no pueden hacerlo más

Han pasado muchos años, muchos, de mi anécdota. Ha tenido que haber, al menos, un relevo generacional para ver que los podios españoles en Londres 2012 han sido ocupados mayoritariamente por mujeres (65 %, lo que significa numéricamente que es casi el doble que ellos, 11 por 6, ¡qué gusto!), en deportes vedados tradicionalmente para ellas (ya llegaremos al fútbol, ¡temblad estadounidenses!), a pesar del continuo silencio mediático de sus resultados (hace dos días, sin ir más lejos, Canal Sur se olvidó citar en sus noticias de deporte la medalla de bronce conseguida el día anterior por las magníficas guerreras del balonmano), aupadas en lo más alto a pesar de la escasez característica de apoyos al deporte femenino en España y, aún más, su actuación no solamente importa por el detalle de la superación de la masculina sino que estas chicas fantásticas han demostrado estar al máximo nivel mundial, y eso sí es significativo.

Y que no se engañen los incautos, tan buenas noticias no son un hecho casual. Decía Zsa Zsa Gabor que “cuando un hombre se retira es para siempre, cuando lo hace una mujer es para coger carrerilla”. A pesar de todas las tradicionales dificultades y de las enormes actuales, que no hacen sino incrementarse día a día, nosotras no damos pasos a atrás. Los modelos culturales, profesionales y deportivos han cambiado, y eso son hechos imparables. Las características más aireadas de la mujer: constancia, capacidad de sacrificio y de superación, disciplina, inteligencia emocional, voluntad al servicio de las causas o sentido común le van muy bien al deporte. Y las hijas de las madres deportistas serán, a su vez, deportistas, el ejemplo es la mejor educación.

De las Monserrat Corominas, Theresa Zobell o Conchita Martínez, pasando por las Gemma Mengual o Amaia Valdemoro, el camino ha recalado en las Marina Alabau, Mireia Belmonte o Macarena Aguilar. Es claro que en deporte las/los modelos multiplican las/los practicantes y descubren motivaciones personales inesperadas, y más si los nombres de las heroínas del estadio no son letras en el viento sino certificación consolidada de laureles más que merecidos.

Ángeles Jiménez

Publicado por primera vez 14/08/2012

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