Ciento cuarenta y cinco minutos

Inundados por varias decenas de niños; somos un vagón cuasi infantil, cuya media de edad, rayana en los 10 años, se ve sensiblemente deteriorada por la decrepitud del 20%, piensa de inmediato mi mente de adulta.

Apenas el tren empieza a dejar la estación, la huída apresurada de algunos adultos hacia otros vagones resulta muy obvia. Siento una mezcla de pena, pero también de comprensión. “¡Jesús! Por Dios, la que nos ha caído”, parecen elevarse al tiempo una nube común de pensamientos a la que uno los míos.

Por lo que veo, la lista de descubrimientos que proporciona a sus nueve años este tren-pollo es inacabable. Todo les resulta novedoso, pero es el impulso mágico de la velocidad lo que les atrae por encima de cualquier cosa y el inconfundible acento malagueño lo sublima todo.

– ¡María! ¡Mira! Mira la velocidad que llevamooo…

CAA30x15cntcrt Pasada Antequera, hacen aparición los desayunos que los niños guardaban en sus mochilas. Con lo descomunal de los bocatas, olores multienvolventes se esparcen por doquier. Jamón que parece de York, porciones de queso rebosando los límites del pan y varias latas de colas, todas, por supuesto, sin cafeína. Algarabía contenida a medias por la paciencia infinita de los profesores.

– Nacho, ¿quiere.. gusanitoo..?

O, mejor dicho:

– ¡¡¡Nacho!!!, ¡¡¡¿quiere.. gusanitoo..?!!!

Repiten, irreverentes, los diálogos en subtítulos de la película de la que yo apenas alcanzo a escuchar el audio, a pesar del número desmesurado en el que he colocado por obligación el volumen de mis auriculares. A mi mente acude aquel anuncio de Iberia con bebés para cuya realización el fotógrafo, M. M., necesitó pegar al suelo los pañales como única solución en una realidad cercana a lo salvaje.

– ¡Tre..ciento.. kilómetro.. por hora! ¡Cora..! ¡Cora..! Vamo’a tre..ciento.. por hora.

– Schhhhhhiiiisssss.

La subida del tono general fuerza la intervención discreta pero imperativamente efectiva del profesor más cercano. El murmullo adquiere de nuevo un cierto grado de control, y varios coreamos, aunque sin voz, la intervención. Admiro en secreto la simplicidad con que los profesores apaciguan a la niñería.

– El que má’mola e.. el abuelo.

Tiene que llegar la ruta a su mitad para que me dé cuenta del contrasentido de la programación de las películas en el AVE. Que el 90 por ciento de los actores de ésta, de la que ya he desistido conocer el tema, sean prácticamente octogenarios me da idea de su imposible conexión con la audiencia. ¿Hubiera sido, tal vez, la ocasión idónea para “Justin y la espada del valor”, con la que, no lo niego, me divertí en otra mañana similar? Quizá, pero a qué pensar más.

Seguimos
El exterior está poblado con miles de olivos al amparo de la luz creciente y el despertar arrebatado del sol. El tren se deja mecer en esa equilibrada sensación de velocidad que parece hacernos suspender en el aire; impulso frente a templanza, emoción contenida frente a simplicidad.

– Por favo.., no pongái’sa música porque e’muy mala.

Y después no sigue respuesta alguna, sólo una discreta extinción al parlante por parte del resto del vagón. Aun así, la voz sigue empeñada en captar la atención; nadie repara en el mínimo problema de dejarse oir…

– Que ya’subioo la foto.

La aventura de cruzar el vagón haciendo equilibrios durante la marcha también es motivo de risa para los colegiales. Confirmo con hechos que se repite aquí el paradójico comportamiento de los sexos: los niños en solitario y con expresión de aventura, las niñas siempre en pareja y desplegando seguridad ante sus compañeros.

El horizonte cambia. Los olivos dejan ya paso a las encinas y algún que otro viñedo. Aparecen los campos de secano y reconozco que la labor está casi lista. Las avenas y demás cereales que no acierto a diferenciar se han convertido ya en estrellas fugaces y blanquecinas.

– Dame’un chicle. Venga, hombre. De viaje se pasan la.. cosa…

– ¡Eh! Dame’a mí; dámelo a mí.

Una vez abierta la espita, resulta obvio que la próxima novedad a poner en común será la caja de chicles. Pero, no. En la práctica, hacen su aparición las bolsas de chuches, la segunda tanda de los alimentos que necesitan estas trituradoras andantes. Me inunda una desconocida sensación de longevidad que, menos mal, se agarra a la apreciación de lo vivido para supervivir a la marabunta.

El entorno va progresivamente tornándose en masas de ladrillo y asfalto. Madrid se asoma y se aproxima a una velocidad vertiginosa. Y, por ello, comienzo a bajar de mi propia nube. El más activo de los profesores revisa los cubículos de sus alumnos y les va exigiendo limpieza absoluta. Algo así debe ser la añorada “Educación para la Ciudadanía”.

Con la entrada en Atocha y la parada definitiva del tren, los diminutos viajeros colapsan el pasillo y las puertas. Mentalmente, les digo adiós. Seguro que los echaré de menos.

Angeles Jiménez
Publicado 29/5/15

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